El aparejamiento en las sociedades modernas. Algunos conceptos sociológicos y su
observación en “Tokyo blues (Norwegian wood)”, de Haruki Murakami.1 Pere Llovet

El aparejamiento es sin duda uno de los fenómenos más significativos del funcionamiento
psicológico. A pesar de darse ya en el psiquismo más temprano y ser sentido como muy íntimo
e individual, recibe una fuerte influencia contextual, tomando formas distintas según el tipo de
sociedad o cultura en la que se produce.
En este artículo referiremos algunos conceptos sociológicos para comprender las características
de las sociedades modernas y exploraremos su influencia sobre el aparejamiento y los
fenómenos que conlleva, como los vínculos emocionales, la sexualidad, la intimidad y otros.
Utilizaremos como material de observación la novela “Tokyo blues. (Norwegian Wood)” de
Haruki Murakami
El interés de esta novela reside en que refleja episodios de la vida de unos jóvenes en una
sociedad como la japonesa, cuya evolución se vio rápidamente acelerada como consecuencia de
algunos condicionantes derivados de la derrota en la 2ª guerra mundial. Este paso súbito de una
sociedad o cultura tradicional a otra avanzada, hace que las características de la modernidad se
den con mayor radicalidad y, lo que es más importante, supongan un reto adaptativo importante
para los individuos ya que los patrones de socialización han cambiado de forma súbita.
Las relaciones en la postmodernidad
Los estudiosos de la evolución hacia la modernidad como Charles Taylor (1989), la caracterizan
por la mayor preeminencia que adquiere el individuo frente a la colectividad. Esta evolución
hacia sociedades individualistas implica también (o va unida a) la “multiculturalidad” (Taylor,
1992). En estas sociedades, el ideal social no es ya que cada individuo desarrolle con la mayor
corrección posible los guiones establecidos por el sistema social, sino que cada individuo
desarrolle su forma de ser específica dentro de un amplio repertorio de posibilidades (ver un
estudio más amplio en Llovet, 2014, cap. 6)
Otro experto, Anthony Giddens (1992: 54), ha estudiado las relaciones de pareja en la
modernidad y ha proporcionado el concepto de “relaciones puras”. Explica que las sociedades
tradicionales establecen guiones de vida a seguir. Por lo tanto, estas relaciones tienen valor en
la medida en que son un apoyo para que los individuos logren estos guiones sociales. Por el
contrario, en las sociedades modernas (donde los individuos tienen que desarrollar su forma
específica de ser), las relaciones tienen valor en la medida en que apoyan el logro individual. En
este contexto, “relaciones puras” significa que las relaciones deben tener significado o valor por
sí mismas y ya no en relación con el sistema social y el lugar que el individuo ocupa en él. En el
mismo sentido, las sociedades tradicionales prescriben cómo los individuos tienen que ejercer
los roles (como padre / madre, esposo / esposa, etc.) e incluso lo que tienen que sentir. Por el
contrario, la modernidad ofrece la posibilidad de ejercer estos roles de varias maneras y con
diversos sentimientos.
Giddens señala también que las relaciones conllevan “propiedades” (o cualidades) como ciertos
ideales y valores, desempeño de ciertos roles, imágenes o representaciones de sí mismo y, por
supuesto, experimentar ciertas sensaciones y sentimientos. Así, en la sociedad tradicional estas
propiedades pertenecen a la propia sociedad (a los guiones establecidos), mientras que en la
modernidad pasan a ser inherentes al individuo. Pensemos, de forma más concreta, que el guion
1 Publicado en la revista The Vienna Psychoanalyst. Diciembre, 2018
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de “padre” conlleva ser la máxima autoridad familiar en ciertos asuntos mientras que el de
“madre” conlleva serlo en otros asuntos. Este reparto conlleva asimismo que la relación entre
ambos venga ya determinada por la sociedad. Por el contrario, en la sociedad moderna cada
pareja puede adherirse más o menos a los guiones tradicionales o puede tomar otros. En este
caso, las conductas serán distintas y, forzosamente, también lo serán las emociones que
experimenten.
Esta característica de la modernidad afecta especialmente a un fenómeno central de la pareja y
del bienestar individual como es la intimidad, que abarca lo emocional y lo corporal. La sociedad
tradicional regula la intimidad en la pareja definiendo lo que cada uno debe ofrecer al otro y lo
que puede esperar y los individuos deben adaptar sus conductas y sentimientos a lo establecido.
Por el contrario, la modernidad tiende a que cada pareja defina los términos de su intimidad
dentro de un repertorio más amplio de posibilidades según las formas específicas de ser y de
sentirse bien de sus miembros.
Esta es una de las razones por las que en un estudio más amplio (Llovet, 2015) señalábamos la
relevancia que adquiere la conexión emocional en la pareja, puesto que esta se mantiene unida
en gran parte por el entendimiento entre sus miembros y no tanto por seguir lo socialmente
predeterminado. Sobre este punto es interesante remarcar que, en cierto modo, la modernidad
resulta ser más exigente, y por tanto más arriesgada, ya que la conexión emocional puede
cambiar o desaparecer a lo largo de la vida, creando crisis de pareja. Por el contrario, el modelo
tradicional regula más las formas externas, pero menos lo que sucede en el mundo interior,
haciendo las uniones de pareja menos vulnerables a los cambios. Debemos tener en cuenta que,
en estas sociedades, el divorcio es excepcional y considerado socialmente pernicioso, ya que el
valor máximo es la estabilidad social. La finalidad de la pareja no es la realización individual o
personal, sino la procreación. Esto se demuestra muy claramente por el hecho de que la
aceptación de parejas homosexuales es uno de los signos de la modernidad.
La literatura, como producción cultural de cada sociedad determinada, ha ido ejemplificando
abundantemente la tensión entre la realización individual y el cumplimiento de los roles
socialmente prescritos y ha advertido de las consecuencias nefastas que sufren los individuos
que los transgreden (ver varios ejemplos en Llovet, 2018).
“Tokio blues (Norwegian Wood)” en el contexto del Japón
El relato de Tokio blues refleja algunas de las características más extremas de la modernidad.
Podemos considerarlo pues una muestra del cambio cultural brusco de una sociedad tradicional
a otra moderna. Este cambio súbito fue debido al colapso que sufrió el Japón tras su derrota en
la 2ª guerra mundial.
Uno de los fenómenos que encontramos en la historia del Japón es la tendencia al aislamiento
y la gran desestabilización que han supuesto los contactos con la cultura occidental. Así, ya en
el siglo XVI, la llegada de europeos desestabilizó las costumbres, razón por la cual se prohibió
todo contacto con occidente, fuera del tipo que fuere. Durante los siglos siguientes la sociedad
japonesa permaneció aislada y se mantuvo en sucesivos regímenes feudales militares que
conllevaban una sociedad muy tradicional y jerarquizada. A raíz de la presión militar
estadounidense, en 1868, cayó del último clan militar y se inició la era Meiji. Pese a que la
autoridad máxima continuó siendo el emperador, se produjo una apertura cultural a Occidente.
Sin embargo, la relación entre el Japón y Occidente fue desigual. Si bien el arte y algunos los
productos comerciales japoneses influyeron en los países occidentales, Japón comenzó a ser
dominado culturalmente por los Estados Unidos (Iwabuchi, 2002).
Tras la derrota militar, los Estados Unidos tomaron las riendas del país, ocupándolo entre 1945
y 1952 e imponiendo la Constitución de 1946, de corte liberal liberal-democrático, claramente
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occidental. Aunque mantenía la figura del emperador, el vacío económico y cultural de la derrota
propició una rápida y masiva occidentalización (Llovet, M. 2018).
Haruki Murakami, nacido en 1949, es un exponente de este cambio súbito. Sus padres eran
profesores de literatura japonesa y se licenció también en literatura pero en la griega. Ya de muy
joven leyó abundantemente literatura moderna estadounidense y otros autores occidentales.
Culminando esta occidentalización, tuvo su primer empleo en una tienda de discos (sin duda un
producto “moderno” llegado de los Estados Unidos) y más tarde regentó un club de jazz en
Tokio. Finalmente, después del enorme éxito de la novela que comentamos, fue a vivir a Paris y
otras capitales occidentales.
Tokyo blues (1987) se inicia con su personaje principal, Toru Watanabe, en un aeropuerto en el
que suena la canción “Norwegian Wood (This Bird Had Flown)” de Lennon & McCartney. Este
inicio no es un mero ornamento, sino una alusión a la fragilidad de las relaciones que nos
mostrará la novela. Por cierto, la canción también muestra la ruptura con lo que se espera que
suceda en las relaciones. En la canción, Lennon relata que una chica le invitó a su casa.
Mantuvieron una charla hasta que ella dijo que era el momento de irse a la cama. Dijo que
trabajaba a la mañana siguiente y se puso a reír, así que él se “arrastró” a dormir al cuarto de
baño. Cuando se despertó estaba solo. “El pájaro había volado” (This Bird Had Flown), concluye
Lennon.
Esta canción, oída en el aeropuerto, lleva a Toru a recordar la estrecha relación de amistad que
tuvo de joven, 20 años atrás, a finales de los 60, con Kizuki y su novia Naoko. Esta relación finalizó
cuando Kizuki se suicidó el día que cumplió 17 años. Poco después Toru y Naoko establecieron
un noviazgo. Sin embargo, al poco tiempo, la hermana de Naoko se suicidó también al cumplir
los 17 años. Este hecho la desestabilizó terriblemente y puso fin a su relación con Toru e ingresó
voluntariamente en un sanatorio mental alejado de las zonas pobladas.
Toru conoció entonces a Midori, con quien estableció una relación predominantemente de
encuentros sexuales esporádicos, puesto que ninguno de los dos deseaba implicarse
excesivamente. En el mismo periodo comenzó a salir a menudo con un nuevo amigo, Nagasawa,
con quien iba a bares donde este seleccionaba al azar chicas con las que tenían relaciones
sexuales. Por otra parte, Toru sentía una sintonía especial con la paciente y sufrida novia de
Nagasawa, pero evitaba profundizar con ella, temiendo que se volviera a repetirse lo sucedido
con Kizuki y Naoko.
Las relaciones en la adolescencia y en la modernidad
Sin explicar otros pasajes de esta interesante novela, Murakami nos muestra unas relaciones
profundamente marcadas por la angustia de muerte, la promiscuidad sexual y la evitación de la
implicación emocional. Como sabemos, los dos primeros elementos son típicos de la
adolescencia (aunque con un acceso muy diferente a la conciencia). La literatura psicoanalítica
(Aberastury, 1984), más allá de entender la promiscuidad como un periodo de experimentación
de la nueva sexualidad adulta, la interpreta más profundamente como una reacción a los duelos
de la adolescencia, en los que se extinguen (o mueren) varios aspectos de la identidad infantil.
La promiscuidad se interpreta pues como una defensa frente a la angustia inconsciente de
muerte por estas pérdidas y la necesidad de sentirse vivo y adulto.
El tercer elemento mencionado (la evitación de la implicación emocional) es el resultado de la
ambivalencia por el conflicto entre la gran necesidad de relación y dependencia (puesto que el
adolescente se halla en el proceso de abandonar la protección de los padres) y el temor al
abandono, la frustración y la decepción.
Sin embargo, estos elementos típicos de la adolescencia, se mantienen mayormente como
fantasías inconscientes. Como sabemos, en el tránsito por esta etapa, el adolescente busca
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figuras, ideales y proyectos de futuro que sustituyen los del periodo infantil. No obstante,
aunque con menor peso, se mantienen los vínculos familiares y con otras personas que
proporcionan la seguridad y la confianza necesaria para limitar el alcance de estas angustias. Por
el contrario, los personajes de “Tokyo blues” no parecen tener relaciones que les proporcionen
seguridad y confianza, de modo que no pueden contener las angustias y estas son “actuadas” o
transformadas en realidades. Así, los personajes están inmersos en la angustia de muerte, la
promiscuidad y la evitación de la implicación emocional.
Obviamente el equilibrio entre las tendencias y fantasías inconscientes y los elementos
contenedores y de seguridad frente a ellas, depende mayormente de la estructura de
personalidad individual. Tomemos dos referencias para considerar este equilibrio.
La primera es la 2ª tópica, o estructural, elaborada por Freud (1923), que nos lleva a considerar
la función mediadora que el Yo debe ejercer entre el Ello (brevemente, las tendencias instintivas
inconscientes) y el SuperYo (brevemente, los valores, normas y usos del contexto cultural que
han sido interiorizados).
La segunda referencia son los patrones relacionales de apego elaborados por Mary Ainsworth
(1978) sobre la base de los estudios de John Bowlby (1969 y 1978), entre los cuales reconocemos
las relaciones entre los personajes de Tokyo blues como patrones de apego evitativo e inseguro,
dominados por la angustia de abandono. La gran necesidad de vinculación causa un intenso
temor a perderla. Así le ocurre a Naoko, que huye de Toru para evitar revivir las perdidas por
suicidio de su novio, Kizuki, y de su hermana. Así le sucede también a Toru, que evita implicarse
con Midori y más tarde con la novia de su nuevo amigo Nagasawa temiendo perderlos como
perdió a Kizuki y Naoko.
Sobre estas bases psicológicas, podemos ahora retomar los conceptos sociológicos sobre la
modernidad. Como explica Giddens, las relaciones tienden a ser “puras”, valoradas por lo que
aportan por sí mismas y no tanto por formar parte de un sistema social en el que se inscriben
los individuos. Las relaciones ya no pertenecen, sino de una manera más débil, a guiones
establecidos socialmente en los que los individuos pueden orientar su desarrollo actual y
mantener su confianza y esperanza. Ante la debilidad de los soportes, la construcción de la
identidad y las redes de relaciones pone a prueba la capacidad del Yo. Pone a prueba también
los núcleos de seguridad interna que se formaron en la diada primaria con la madre y se
extendieron posteriormente al contexto familiar y los contextos educativos y sociales.
En este mismo sentido, Taylor explica que los individuos necesitan de forma absoluta “marcos
de referencia” culturales, sean estos explícitos o implícitos. Así, el hecho de que la cultura
moderna sea más liberal, prescribiendo más débilmente modelos o guiones vitales, obliga a los
individuos a una ardua tarea de múltiples elecciones.
Tristemente, en los días en que redactabamos este breve artículo, la prensa dio a conocer la
gran preocupación de la sociedad japonesa por el significativo aumento de los suicidios infantiles
y juveniles (Diari Ara, 6/11/2018). La noticia explica que el momento de más suicidios es la vuelta
a la escuela después de las vacaciones. Las investigaciones y encuestas señalan como principales
motivos la gran exigencia del sistema escolar, asedio en las escuelas y la preocupación sobre el
futuro. Los expertos, explican la pasividad de las escuelas frente a casos ya detectados de asedio
o sufrimiento mental. Igualmente señalan que el estigma social que pesa sobre los trastornos
mentales, mucho mayor que en otros países, hace que los niños no se atrevan comunicar sus
preocupaciones y se encuentren solos. Finalmente, explican también que, en la sociedad actual,
los jóvenes no cuentan con el soporte suficiente de las redes familiares.
Epílogo
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Durante este artículo hemos utilizado relaciones de pareja adolescente en la modernidad como
material de observación. Sin embargo, deberíamos discernir lo que es típicamente adolescente
de lo que es aplicable a la pareja en otras etapas vitales en las sociedades modernas. En estas,
debemos poner en primer plano la preminencia que adquieren los individuos y la consecuente
disminución de la presión de seguir los guiones vitales socialmente determinados. En las
sociedades tradicionales, los individuos debían acomodarse a estos y sobrellevar el malestar que
pudieran comportar. Por el contrario, la modernidad estimula la búsqueda del bienestar y la
máxima realización individual. Obviamente, este camino requiere adaptaciones a lo largo de la
vida y aumenta la posibilidad de rupturas, especialmente si consideramos la prolongación de la
esperanza de vida.
En este contexto, resulta inevitable recordar el “miedo a la libertad” formulado por Eric Fromm
(1941). Sin duda, la libertad es una de las máximas aspiraciones de la Humanidad y la
modernidad nos ha llevado a sus mayores cotas históricas. La contrapartida es la angustia e
inseguridad frente a las múltiples elecciones que, obligatoriamente, se deben construir y
realizar.
Bibliografía
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